sábado, 16 de noviembre de 2013

Amores de una semana

Hace ya seis veranos, cuando era un chaval de 18, tuve mi primer amor de una semana.

Fue en un campamento de una semana. Era una chica muy guapa y me gustaba mucho su forma de vestir, lo que captó mi atención muy pronto. Dejé un poco atrás mi timidez para hablar con ella, y así descubrí que era alegre, activa y vivaracha, y que también tenía ese punto que muy pocas personas me han llegado a transmitir: es una persona con muchísimo potencial. Seguí conociéndola gracias a que compartíamos los mismos talleres -pura casualidad- y desde la primera noche formamos nuestro pequeño grupo de amigos en los que ambos estábamos -también casualidad-. Ya el segundo día descubrí que, además de ella a mí, yo capté su especial atención. Pero fue por la noche cuando, tras irse la mayoría de nuestros amigos a dormir, nos quedamos ella y yo solos hablando. Ya no recuerdo el contenido de las conversaciones. Lo que sí recuerdo es que fue mágico.

En mucho menos tiempo de lo que esperaba, la tercera o cuarta noche en la que nos quedábamos a hablar, hablamos de un ella y yo (siempre nos quedábamos solos después de las 4 de la madrugada, algo que se repitió durante 5 días, y mi mente estaba activa y sin demandar dormir, algo que a día de hoy me es impensable). Para mí fue increíble que una chica como ella se hubiera fijado en mí. Pronto le anuncié de mi correspondencia a sus sentimientos. La magia era casi tangible.

Pero, el gran pero, ambos teníamos pareja en nuestra propia ciudad. Éramos conscientes de lo efímero de nuestro encuentro, así que todo quedó en palabras. Pero palabras mágicas, para mí era más que suficiente.

El cuarto y penúltimo día fue el más íntimo. Aproximándose el fin de nuestra breve historia, las emociones estaban a flor de piel. En la obra de teatro que tocaba ver ese día, nos pusimos juntos y apartados de los conocidos. No recuerdo como fue al principio, cogernos de la mano, caricias en el brazo, no sé, no recuerdo.

Lo que acabo de recordar y no entraba en el guión para escribirlo ahora, era su mirada. La imagen es sin duda esta: los dos en el autobús, en el mismo par de asientos, volviendo de una obra de teatro, y mirarnos fijamente a los ojos. Su mirada. SU MIRADA. Sus ojos me transmitían, me absorbían, me daban y quitaban todo. Esa mirada comunicaba con lo más hondo de mí. El descubrimiento es, que a día de hoy, yo tengo esa mirada: aprendí de ella a mirar así. Algo que considero uno de mis signos de identidad, que tantos buenos momentos, alegrías, emociones y sentimientos me ha dado, ahora descubro que lo aprendí de ella. Me acabo de dejar impresionado.

Volviendo a las butacas del teatro, tras unos juegos de manos, recuerdo que, tras un momento de mucha tensión por la grandísima obra que estábamos viendo, ella apoya su cabeza en mi pecho y la abrazo. Nos quedamos en esa posición el resto del tiempo. Yo no me movía absolutamente nada, para evitar que por cualquier motivo ella se separase de mí. Me sentía pleno. Tras el excelente pero demasiado temprano final de la obra, nos separamos.

Fue en el autobús de vuelta, donde comencé a sentir la pérdida. No pérdida de ella, ya que nunca la tuve, sino pérdida por lo que podría haber sido. Y es que, señores, solo los seres humanos somos capaces de eso: sentir pena, tristeza, sensación de pérdida por algo que nunca hemos llegado a tener. Una gran desolación me invadió. Además me sentía mal, mala persona y un hipócrita por sentir todo lo que sentía por ella pese a que ese momento tenía pareja. Todo eso era un cóctel molotov para mi cabeza. Ella me dijo que si no tuviese novio seguro que intentaba algo más conmigo. Yo me planteaba si yo en tal caso haría lo mismo. Me gustaba imaginar qué hubiera sido en alguno de los dos casos, solo para ver qué hubiera pasado. Pero la realidad es que, aquello que teníamos ella y yo era la hoja seca de otoño que está apunto de caerse.

La penúltima noche, sucedió lo que nunca creí que sucedería. Cuando nos quedamos solos, tras nuestro rato de hablar nos despedimos. Y en la despedida, ella me besó. Si es cierto que tenemos alma, estoy seguro que en aquel momento pude, con solo mis labios, besar la suya. Fue un momento que para siempre quedará grabado en mi memoria y, en los malos momentos, me ha hecho recordar que yo siempre podré mejorar, que todo puede llegar a ser así de bueno.

Por ese momento, Lawliet, solo por ese momento, eres y serás una persona por la que siempre estaré ahí para ti. Me diste mucho y nunca lo olvidaré. Y si estás leyendo esto, por alguna extraña casualidad, sea cuando sea, pase el tiempo que pase, no importa, siempre estaré encantado de volver a hablar contigo y ayudarte si lo necesitaras.

Finalmente, cada uno de los dos volvió a su ciudad. Mantuvimos el contacto algún tiempo, pero no era lo mismo. Meses después, ella me llamó porque su relación acabó. Me propuso volver a vernos y yo, ya no en el principio sino en la madurez de mi relación con Cantnoy, rechacé. A día de hoy me pregunto de vez en cuando que podría haber pasado si llego a ir. Seguramente algo efímero.







Ayer, después de conocer durante menos de un mes a otra chica, comenzó mi segundo amor de una semana.

Ella, una chica con una mentalidad espectacular, con todos los atributos que yo necesito y quiero de una mujer, con los pequeños defectos y vicios -y los no-vicios- que yo tengo y casualmente ella también tenía. Ella, una chica con la que sé que me hubiera sentido satisfecho, pese a lo poco que la conocía. También conecté con ella muy rápido en muy poco tiempo. Compartimos muchas conversaciones, experiencias y expectativas. Todo marchaba bien, muy bien, era el principio de algo que podría ser muy bueno y durase mucho tiempo.

Pero esta vez no fue la distancia ni terceras personas lo que puso el fin. Fui yo. Y es algo que me reprocho mucho, que me castigo por ello, me apesadumbro. Porque ella confió mucho en mi, porque le pedí su confianza, su corazón y su cuerpo. Ella me lo dio y yo, al tenerlo todo me asusté. De un día para otro, sin sentido aún para mí, de estar muy feliz por ella, con ella, me sentí inundado de angustia, nervios e inseguridad. No quería algo con ella. Mejor hablo en presente. No quiero algo con ella, me abruma, me agobia mucho tener algo tan serio ahora. Estaba convencido de que sí, que podía y quería eso. Ella me dejó claro que si solo quería sexo lo tendría, que no jugara con sus sentimientos. Pero fue conocerla, ver quien es ella y como es, y quise más, le quise a ella. Creo que la llegué a querer y, como ya sabía, fue diferente, diferente a como he querido a cualquier otra persona. Siempre se quiere diferente a cada persona.

Y ya, cuando había visto todo lo que podía tener, comencé a sentir la angustia. No pensé en nada, fue todo a nivel subconsciente. El desasosiego me invadía porque no entendía porqué me sentía así, era completamente contrario a como creía que me sentiría. Decidí que mejor dormir y a la mañana siguiente lo vería todo mejor. No fue así, estaba peor. Ni siquiera mi mayor aliado para desconectar del mundo real -los videojuegos- ni ellos sirvieron para disminuir esa inseguridad y malestar. Tras una conversación con, ahora mi gran amiga, Cantnoy, pude poner orden y nombre a lo que sentía. No quiero algo con ella, pero ella es importante para mí, no sabía qué hacer.

Voy por la tarde a clase, con la esperanza de desconectar ateniendo en clase. Vi a mi ex y mi cabeza metió algo más para su batido de mierda. Cuando vi que ella llevaba puesta una sudadera de un chico que intentó algo con ella, pienso que quizás hubiera hecho algo con él. Y mi cabeza explota. Pienso que eso en ese momento no debería importarme, pero ahora sé que en aquel momento cualquier estupidez me afectaba. Tras una hora, no soporto estar más en clase y me salgo.

Doy una vuelta decidiendo qué hacer. Me siento en un banco. Llamada de móvil, hablo con ella y le explico lo que siento. Pese a la distancia casi puedo tocar su decepción, la he roto por completo. Haciendo uso de su gran madurez, me agradece que haya sido sincero con ella y se lo haya dicho. Me dice que es el fin, yo no lucho por disuadirla ya que no sé qué quiero. Nos deseamos suerte. Y se acabó. La chica que había ocupado mis pensamientos todo un mes, y mis sentimientos toda una semana, dándome tanto en tan poco tiempo, en menos de diez minutos de conversación todo se acaba.

Es para volverse loco.

Observo el banco en el que estoy sentado y es el mismo en el que corté por primera vez con mi ex.

Me vuelvo loco.

Sigo sin saber seguro cómo interpretar esto. La conclusión más firme que saco es que éste no era el momento. En mi otro amor de una semana tampoco era el momento. Eso es lo que tienen en común los amores de una semana, que no es el momento para que se conviertan en relaciones de verdad. Aunque a diferencia del primero, este último sé que a día de hoy podría hacer algo para solucionarlo, para cambiarlo. Sé que si la llamara, si hablara con ella, podría volver a pasar algo entre ella y yo. No lo hago, y es porque no sé si eso es lo que quiero.

Necesito tiempo para mí, tiempo para estabilizar lo que siento, lo que tengo y lo que quiero. Quiero recuperar mi rutina de estudio, que desde el reintento con mi ex dejé de estudiar y a día de hoy sigo sin estudiar; y paso de seguir suspendiendo. Quiero recuperar mi rutina de hacer deporte, ir al gimnasio y salir a correr. Y sobretodo quiero saber qué quiero para mí en una relación.

Eso me angustia, porque ella tenía todo o casi todo lo que creo que quiero en una pareja, y no funcionó. Ahora recuerdo aquella frase que me dijo la pareja del curso, que puse en mi anterior entrada, de que con las anteriores relaciones lo que descubres es más lo que NO quieres en una pareja. ¿Qué he descubierto con este segundo amor de una semana? Nada que yo quiera, más bien reafirmar lo que quiero. Pero sí he descubierto que no quiero inseguridad, no quiero complejos ni dudas. No al menos demasiadas, porque siempre habrán, pero que no sea algo determinante.

Yo que creía que este inicio de curso iba a ser muy tranquilo, y resulta que no paran de ocurrir cosas. Creo que me esforzaré ahora por darme una tregua y centrarme en mí y en mis estudios. Espero que salga bien.

Mientras tanto, añado a mi lista de melancolías una nueva historia de amor, mi segundo amor de una semana. Una historia que es posible que no se haya acabado, puede que tenga segunda parte, aunque no lo creo; en esto de las relaciones cuando algo se rompe demasiado pegar los trozos rotos puede ser una tarea muy difícil.

Qué curioso, he hablado de mi primera historia con mucha nostalgia y cariño, pese a lo pasado que es, y en la actual con mucho dolor y pesar, pese a que esta historia es mucho más rica que la primera. Serán las emociones de ahora, que me inundan al pesimismo. Quizás en un futuro escriba con mucho cariño y nostalgia la historia de como, seis otoños atrás, conocí en un curso a una chica que tiempo después se convirtió en mi segundo amor de una semana.

Pese a los malos momentos y sufrir la pérdida de lo que pudo ser, estoy satisfecho de haber tenido estos amores de una semana. Ya que, como toda historia de amor, me ha hecho mejor persona y me ha recordado que el amor es lo más importante que necesito y quiero en mi vida.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Un nuevo mañana

Mi mayor miedo siempre ha sido quedarme solo. Estar rodeado de vacío, oscuridad y frío. Sin escapatoria, sin nadie, solo.

Desde nuestra despedida, lo que más he temido es no encontrar a nadie, a alguien que merezca tanto la pena como tú. Haber tocado techo contigo. Estar demasiado tiempo solo como para volverme loco. No haberme esforzado lo suficiente por lo que mejor tendría en toda mi vida.

En el curso tuve una experiencia vital, de esas que no olvidas nunca y la cuentas siempre como referente en tu vida, como algo que te marcó. Conocí a una pareja, él tenía 43 años y ella 38. Llevaban poco más de un año juntos. Se les veía muy bien. Tras muchos días comiendo con ellos y tomando confianza, algo fácil en un ambiente social como el que había, me atreví a preguntarles sobre ellos como pareja, sobre mi temor. No recuerdo la pregunta exacta, fue que cómo llevaban ellos su relación, en relación a su edad, tantas experiencias pasadas y demás cosas. Se les veía seguros, satisfechos con lo que tenían. Me dijeron que después de tantas relaciones aprendes, no tanto lo que quieres, sino sobretodo qué no quieres en una relación. Eso me dejó muy pensativo, ya que yo te dejé precisamente por eso, por lo que no quería en nuestra relación. Para mí fue muy reconfortante ver que, personas con tanta experiencia y vida atrás, tuvieran claro ese concepto para sus relaciones de "lo que no quiero", y que yo, un simple crío comparado con ellos, dejara mi relación por eso mismo.

Otro de los mensajes que me dijeron es: hay tiempo. Mi miedo por estar mucho tiempo solo también cuenta. Pero a ellos se les veía tan bien, que me quedé convencido que me merecería la pena esperar a alguien, no mejor, es inmaduro pensar en mejor o peor, sino alguien que no tuviera ninguna de las cosas que sé claro que no quiero tener en mi relación. En ese curso también conocí gente de muchas edades, solteros, divorciados, viudos... Y a muchos se les veía abiertos a tener una relación. Yo, un yogurín de 23 años vi que tengo toda una vida por delante de encuentros, relaciones y enamoramientos por vivir. No hay motivo para desesperarme.

Lo que nunca entraría en ninguno de mis planes es lo que está sucediendo ahora: estoy conociendo a otra persona. Ya. Tan pronto. Increíble para mí. La conozco poco, pero es alguien que me ha devuelto la ilusión, la juventud y las ganas de moverme. Si te estás leyendo esto, lo siento. Tú ya te tomaste tu oportunidad con otra persona. No me juzgues ahora porque lo haga yo.

Para mí lo más satisfactorio es que conocí a esa persona el jueves, en el curso. Justo un día después de darte mi adiós definitivo. Si existe un destino o un karma estoy seguro que me está intentando hacer ver que cerrar definitivamente nuestra historia en ese momento fue lo mejor, y no dejarlo y alargarlo más, que hubiera podido, que hubiera sido mucho más fácil que decirte adiós. Tomé la decisión que creía que era mejor para mí y ahora veo que acerté, que no tenía motivos para tener los temores de soledad. Mucho más pronto de lo que esperaba, lo sé.

¿Ella? Bueno, ella tiene más que cualquier expectativa que pudiera tener. La conozco poco, sobretodo poco tiempo. Estoy sintiendo cosas que ni ella sabe que siento. No lo mismo que por ti, nunca será lo mismo, siempre diferente. Pero hasta ahora todo lo que he visto de ella me hace creer que puede acabar en algo muy bueno. Eso es probablemente lo más increíble de todo para mí. Cómo es ella.

Un día después de cerrar lo nuestro. Me preguntaba a mí mismo si no era excesivamente pronto. Si no debía de tener un duelo por ti antes. Si no debía sufrir más intensamente la pérdida. El hecho es que no, y sé por qué: el duelo lo sufrí en verano, fue duro, muy duro y desesperante, pero acabé aceptándolo. De hecho, si no hubiera aceptado en verano que tú y yo no podíamos estar juntos, aquel día no podría haberte dejado definitivamente. Lo que sentí tras dejarte en la puerta de tu casa fue mucha pena. Pena de ver que, pese a todos los esfuerzos, pese a todos los intentos, no podía ser, yo no quería que fuese y tú estabas destrozada por ello. Yo ya te perdí, cuando empezaste con él, lo sabes, no sé cuantas veces lo llegué a decir. Mi duelo fue en verano. Ahora estaba preparado para algo nuevo.

Un día después de cerrar lo nuestro. También de psicología, también de tu pueblo. Mucha similitud entre ella y yo en la forma de concebir una relación y la vida en sí misma. Muchísimas casualidades, demasiadas. El azar no existe, llamamos azar a lo que no sabemos cómo explicar. Sin duda esto significa algo.

Tú todavía ocupas mis pensamientos. Hay noches en las que te hecho de menos en exceso, en las que te ansío. Ocasiones en las que me encantaría sentarme al lado tuyo en clase, saber cómo estas. Cuidarte. Pero sé que eso no conduciría a nada, solo a más confusión para ti y para mí, ya que mis ideas las tengo claras y esos momentos son momentos de debilidad porque tú todavía me importas mucho. Además, sé que se me acaban pasando esos impulsos, y luego me siento satisfecho de no haber abierto la caja de pandora. Por suerte cada semana son menos veces, empeora cuando te veo, pero cada vez va a menos. Y conocerla a ella sé que me ayuda. No sé hasta qué punto fue decisiva ella para que el miércoles te dijera que no a cenar, pero dado lo poco que la conozco todavía estoy muy seguro de que solo ayudó: la decisión hubiera sido la misma.

No me estoy precipitando, la conozco poco. No tengo prisa. Esta es mi oportunidad y voy a aprovecharla, tú ya tuviste la tuya. Si me odias lo entenderé, pero por favor, no busques hacerme daño. Te deseo realmente lo mejor a ti, lo sabes. Yo lucho ahora por lo mismo para mí. Lucho por un nuevo mañana.