miércoles, 30 de octubre de 2013

Parada del tranvía

Bendita locura ésta la mía.
Que me hace quererte, desearte,
tenerte a mi lado; besarte.

Bendito irraciocinio.
Donde todo está bien,
donde podemos estar juntos.
Luego llega la razón y cual globo de helio deshinchado, bajo del cielo al suelo.

Preciosa. ¡Dios! Tu carita, tu cuerpo, tu pelo.
Esas increíbles piernas que tan pícaramente rodeas con tu ropa.
Me doy cuenta, que lo haces en parte por mí.
Y me gusta.

Maldita.
Me gusta que sigas provocándome, pese a lo difícil que es,
a lo lejos que estamos.
Esa risa tuya pícara la veo en mi mente.

Pero después, también veo tu no-sonrisa.
Tu expresión seria, ojos vidriosos cuando me miras.
O cuando me has visto.
Lo sé.
Y sabes que lo sé.
Y también sé muy bien cómo te sientes.
Desesperación, desolación, sin-razón, incomprensión.
Suspiro.

Bendita locura la mía por mis estúpidos y anhelados sueños.
Viaje. Ciudad lejana. Meses después, corazones no tan rotos.
En un local, agradable ambiente. Suena una canción que nos inspira a ambos.
Las miradas se cruzan. Camino hacia ti. Tú te sientes nerviosa, insegura, pero deseosa de que pase algo.
Mi mirada afable, mi sonrisa tranquila, y cómplice contigo.
Te cojo de la cintura.
Tus ojos, ¡oh, tus ojos! Me dicen que eres mía, disfrutas de rendirte a mí, consternada pero complacida.

Un beso. O varios tal vez, no lo sé.
La imagen se desvanece.
Vuelvo a estar aquí plantado, en esta silla, solo frente al ordenador.
Y sé que en tu casa estás pensando ahora en mí. Yo te estoy escribiendo esto.

Ilusiones falsas, esperanzas vagas.
Culpabilidad de que en días como hoy me sienta especialmente débil por ti.
Que, estando a cinco minutos de la puerta de tu casa no dejase de plantearme llamarte, preguntarte un "¿cómo estas?", dudar mucho, mucho en si hacerlo o no, hasta tal punto de pararme en mitad de la calle para decidirme.
Tomo el otro camino.
Llegando a la parada de tranvía recuerdo que es muy posible que salieras de clase en ese momento y que, si esperaba el tranvía de vuelta a tu casa te vería bajar de él. Me puse la tregua, me permití, que si bajabas en el siguiente tranvía te hablaría.
"¿Cómo estas?"
Solo en imaginar tu cara, tus ojos, merecía la pena.
Esperar solo un tranvía era poco. Me dije que podía esperar hasta dos.
Estaba decidido.
Dudé.
Llegué a la parada del tranvía. Quedaban menos minutos para que viniese mi tranvía que el tuyo.
¡Maldita sea! Me dio rabia. Aún sin saber si podrías estar en ese tranvía o no. Seguramente no.
O puede que sí.
Objetivamente diría que poco probable, pero para mí, en ese momento era muy seguro.
Llega mi tranvía. ¿Lo cojo o no lo cojo? Lo cojí. Porque sino esperaría al primer tranvía, al segundo tranvía y, seguramente, cuando no llegara ninguno de los dos iría a tu casa.
En ese momento era algo más fuerte. Y lo más importante: la puerta de mi tranvía estaba abierta, era más fácil entrar y que acabara todo.
Y acabó.
No.
En las siguientes paradas veía cuanto faltaba para que pasase tu tranvía. Seis minutos. Tres minutos.
Falta poco, debo estar mirando todo el rato por si pasa tu tranvía y si desde el mío podría verte.
Me bajaría en la siguiente parada e iría a verte.
Doce minutos. ¿Cuándo ha pasado tu tranvía que no me di cuenta?
En fin, qué más da, seguramente no estuvieras en ese tranvía.
O sí, porque es los miércoles cuando terminas el seminario a las nueve. Y tu cogerías el tranvía que sale allí a las y diez o las y veinte. Mi primer o segundo tranvía que pensaba esperar.
O no tenías seminario ese día. O no bajabas en plaza circular sino en la siguiente. O irías acompañada de alguien. De un indeseable tal vez.
O podríamos habernos visto.

Todo ese tiempo estuve pensando en proponerte tomar ese kebbp que hace dos miércoles nos íbamos a tomar. "Te lo debía", pensaba decirte. Pero eso ahora ¿por qué, acaso estoy loco?
Sí, lo sabes.
Por ti.
Maldita tú por ponerte el martes frente a mí. Me provocaste, volviste de lleno al epicentro de mis pensamientos para quedarte.

Bajo del tranvía.
Con ganas de kebab, me fui al restaurante chino a pedirme un rollito.
Estaba muy bueno.
Pero se acabó, y no era el kebab que iba a tomar contigo.
Así que te escribo esto.

Ahora que lo pienso, el próximo miércoles volverá a pasar lo mismo. Sobre las nueve estaré cerca de allí.
Solo espero que leas o que no leas esto para que provoques vernos.
Dios mio, mejor no pienso en ello, sino sé que algún día, solo por pensar en que puedo verte, acabaré yendo a verte.

Ahora recuerdo. Cuando estaba esperando mi tranvía o tu tranvía, al final cogí el mio porque pensé que lo que más me apetecía hacer en cuanto te viera era besarte. Pero besarte como solo tú y yo, secretamente, íntimamente, sabes que hacemos.