martes, 16 de abril de 2013

Ojitos

- ¿Por qué lo hiciste?
- Debía hacerlo.
- Pero, ¡¿por qué?! ¿Realmente me querías?
- Te quería y te sigo queriendo. Eres la persona que más amor me ha dado nunca. Siempre tendrás un lugar único para ti dentro de mí.
- No quiero eso. Y lo sabes.

...

- ¿Por qué no luchaste? Yo no paré de esforzarme. Dime, ¡por qué no luchaste!
- ¡Sí luché! ¡Claro que luché! Soporté la carga de la culpa muchísimo tiempo. Luchaba por cambiar eso, luché por mejorar lo nuestro, por conservarlo, por hacer que te sintieras satisfecha, por hacerte feliz... No digas que no luché porque es lo que más hice. Mi lucha fue en silencio, dentro de mí, preguntándome porqué lo hacia mal para ti, qué podía hacer, qué no debía hacer; para buscar un equilibrio. Conseguí lo contrario, volverme loco. Pero seguía luchando. Tú solo viste los resultados más directos, cómo me mostraba contigo, pero dentro de mí siempre ha habido una batalla. Desde el primer error. Esa guerra ha terminado. Las pérdidas han sido muchas; el sufrimiento, agotador.

...

- Sigo sin entenderlo. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en este momento? Has tirado todo lo que he luchado por ti, ahora todo eso no ha servido de nada.
- Aquella tristeza de los últimos días se debía a que comprendí una realidad muy triste: siempre se nos quedaría eso enquistado. Clavado. Marcado. Nunca nada sería como al principio.
- ¡Porque no quisiste seguir esforzándote!
- ¡No! ¡Maldita sea! ¡No! ¿No lo entiendes? Es algo que siempre ha estado ahí, desde el principio, y pese a todo lo superado el dolor, el rencor, el odio seguía ahí.
- No, si hubieras esperado podríamos haberlo solucionado. Juntos.
- No lo creo. Tú creías que no podías cambiar ese sentimiento, que no podías hacer nada para remediarlo, solo taparlo. Desde que comenzó todo esperé que algún día terminase. Yo cambié, me ESFORCÉ por ti, y corregí mis errores. Pero tú seguías teniendo ese odio. Comprendías, comprendías que eso no era bueno, ni para mí ni para ti.
- Lo intenté todo, y lo sabes.
- Si lo intentaste todo más motivo me das para creer que no tenía solución. Estuve esperando mucho tiempo a que cambiaras eso. Comprendí que seguramente no iba a cambiar y, lo más importante, que si lo hacías lo harías por mí. Todos sabemos que una persona no puede esperar de su pareja que cambie algo de sí, que si realmente la ama ha de ser como a la persona que tiene delante, no a la que desearía tener. Y yo necesitaba que eso cambiase.

...

- ¿Te ha merecido la pena todo esto solo por ella?
- Nunca se ha tratado de ella. Siempre hemos sido tú y yo. El que acabara fue por mí. Y sé que tú después de un tiempo también estarás mejor así.
- Tú siempre has pensado solo en ti.
- Si realmente crees eso, es porque nunca me has conocido del todo.

...

- Y, ¿ahora qué? ¿No pretenderás que seamos amigos, como con ella? Sabes que a mí eso no me va.
- Pues me gustaría.
- Ja, ja. NO.
- Pues si con el tiempo cambias de opinión quiero que sepas que siempre me tendrás ahí, para todo lo que necesites, que tú siempre serás alguien muy importante para mí.
- Que te jodan, tío. Que te den por culo.

...

Pese a todo, ese no será el último recuerdo que tendrá de ella. Lo que siempre recordará será todo lo bueno que tuvieron. Ese enorme cariño, los abrazos, los besos, las caricias (dios, esas caricias por la espalda...), el amor, la enorme pasión que tenia, las ganas (tantas tantas tantas ganas le hacían feliz). La picaría, la osadía, su inteligencia, su particular y único sentido del humor; su capacidad para, pese a todo, razonar.

Y, ¡Dios!: Su piel, suave. Su cuerpo, curvado. Su entrega, única.

Pero sobre todas las cosas, lo que más echará de menos será su mirada. Su mirada de pequeña, arropada y de enamorada.