sábado, 16 de febrero de 2013

El anciano en el tranvía

Hace ya un tiempo, en un día de tantos que tomé el tranvía tuve como compañero de viaje a un anciano, mayor de 60 años pero no más de los 75. Me llamó la atención desde que lo vi entrar al tranvía con una bicicleta. Una bici que dejaba ver por el diseño y el desgaste que habría recorrido muchos kilómetros con el anciano. Colocó la bici contra la pared del tranvía, la ató y ocupó su plaza. Tras esos segundos en los que mi atención consideró al anciano, reanudé mi lectura.

Minutos después, en una parada suben al tranvía una madre de unos 35 años con su hija de 2 o tres años en carricoche. Ya desde que entraron, como es natural, la niña hablaba, molestaba a la madre y hacia ruido. La niña intentaba llamar la atención de la madre, pero ésta solo le pedia que se callase. Tras varios gritos, la madre la escuchó. Le pedía la bolsa con juguetes que traía la madre. Tras otros gritos de la niña, la madre le dio la bolsa de mal gusto, -Joder qué follón da la niña de los cojones- dijo. La niña ya con la bolsa de juguetes, trata de sacar uno, con la torpeza de tirar toda la bolsa y desparramar los numerosos juguetes en el suelo. Ya, con varios pasajeros viendo la escena la madre le gritó más a la niña hasta que ésta acabó llorando. Entonces, el anciano de cabello blanco y chaqueta de pana, se levantó de su asiento, tomó la bolsa y empezó a recoger los juguetes. Tras terminar la madre la tarea, la madre terminó de despotricar contra la niña, y el anciano sonrió a la niña.

Esa sonrisa me hizo sentir extraño y bien. Resultó para mi mente un momento mágico, enigmático. De pronto aprecié mucho a ese anciano, por su sencillez en su indumentaria y su bicicleta, por su motivación para montar en bici pese a su edad, por la buena voluntad y la tranquilidad con la que recogía los juguetes. Y por su sonrisa de apreciar la inocencia de un niño.

Deseé cuando yo sea anciano ser como él, alguien sencillo, que con una bicicleta y yo mismo me baste, que mi mente esté llena de buena voluntad y sin resentimientos, y que siempre tenga ganas de sonreír. Nunca deseé la sencillez o la bondad como cualidades para mi yo futuro, pero entonces entendí que esas cualidades me darían paz.

El anciano, que salía del tranvía abrochándose la chaqueta de pana y montando su bici, sin proponérselo, sin querer demostrar nada a nadie, sino siendo él mismo me dio una de esas lecciones de la vida, de esos momentos extraños, casi mágicos y reveladores en los que sientes que has aprendido algo muy valioso de la vida. Lo que en el mundo amarillo de Albert Espinosa sería conocer a uno de mis amarillos.

Cuando sea viejo, no estaría nada mal ser ese anciano.