sábado, 16 de noviembre de 2013

Amores de una semana

Hace ya seis veranos, cuando era un chaval de 18, tuve mi primer amor de una semana.

Fue en un campamento de una semana. Era una chica muy guapa y me gustaba mucho su forma de vestir, lo que captó mi atención muy pronto. Dejé un poco atrás mi timidez para hablar con ella, y así descubrí que era alegre, activa y vivaracha, y que también tenía ese punto que muy pocas personas me han llegado a transmitir: es una persona con muchísimo potencial. Seguí conociéndola gracias a que compartíamos los mismos talleres -pura casualidad- y desde la primera noche formamos nuestro pequeño grupo de amigos en los que ambos estábamos -también casualidad-. Ya el segundo día descubrí que, además de ella a mí, yo capté su especial atención. Pero fue por la noche cuando, tras irse la mayoría de nuestros amigos a dormir, nos quedamos ella y yo solos hablando. Ya no recuerdo el contenido de las conversaciones. Lo que sí recuerdo es que fue mágico.

En mucho menos tiempo de lo que esperaba, la tercera o cuarta noche en la que nos quedábamos a hablar, hablamos de un ella y yo (siempre nos quedábamos solos después de las 4 de la madrugada, algo que se repitió durante 5 días, y mi mente estaba activa y sin demandar dormir, algo que a día de hoy me es impensable). Para mí fue increíble que una chica como ella se hubiera fijado en mí. Pronto le anuncié de mi correspondencia a sus sentimientos. La magia era casi tangible.

Pero, el gran pero, ambos teníamos pareja en nuestra propia ciudad. Éramos conscientes de lo efímero de nuestro encuentro, así que todo quedó en palabras. Pero palabras mágicas, para mí era más que suficiente.

El cuarto y penúltimo día fue el más íntimo. Aproximándose el fin de nuestra breve historia, las emociones estaban a flor de piel. En la obra de teatro que tocaba ver ese día, nos pusimos juntos y apartados de los conocidos. No recuerdo como fue al principio, cogernos de la mano, caricias en el brazo, no sé, no recuerdo.

Lo que acabo de recordar y no entraba en el guión para escribirlo ahora, era su mirada. La imagen es sin duda esta: los dos en el autobús, en el mismo par de asientos, volviendo de una obra de teatro, y mirarnos fijamente a los ojos. Su mirada. SU MIRADA. Sus ojos me transmitían, me absorbían, me daban y quitaban todo. Esa mirada comunicaba con lo más hondo de mí. El descubrimiento es, que a día de hoy, yo tengo esa mirada: aprendí de ella a mirar así. Algo que considero uno de mis signos de identidad, que tantos buenos momentos, alegrías, emociones y sentimientos me ha dado, ahora descubro que lo aprendí de ella. Me acabo de dejar impresionado.

Volviendo a las butacas del teatro, tras unos juegos de manos, recuerdo que, tras un momento de mucha tensión por la grandísima obra que estábamos viendo, ella apoya su cabeza en mi pecho y la abrazo. Nos quedamos en esa posición el resto del tiempo. Yo no me movía absolutamente nada, para evitar que por cualquier motivo ella se separase de mí. Me sentía pleno. Tras el excelente pero demasiado temprano final de la obra, nos separamos.

Fue en el autobús de vuelta, donde comencé a sentir la pérdida. No pérdida de ella, ya que nunca la tuve, sino pérdida por lo que podría haber sido. Y es que, señores, solo los seres humanos somos capaces de eso: sentir pena, tristeza, sensación de pérdida por algo que nunca hemos llegado a tener. Una gran desolación me invadió. Además me sentía mal, mala persona y un hipócrita por sentir todo lo que sentía por ella pese a que ese momento tenía pareja. Todo eso era un cóctel molotov para mi cabeza. Ella me dijo que si no tuviese novio seguro que intentaba algo más conmigo. Yo me planteaba si yo en tal caso haría lo mismo. Me gustaba imaginar qué hubiera sido en alguno de los dos casos, solo para ver qué hubiera pasado. Pero la realidad es que, aquello que teníamos ella y yo era la hoja seca de otoño que está apunto de caerse.

La penúltima noche, sucedió lo que nunca creí que sucedería. Cuando nos quedamos solos, tras nuestro rato de hablar nos despedimos. Y en la despedida, ella me besó. Si es cierto que tenemos alma, estoy seguro que en aquel momento pude, con solo mis labios, besar la suya. Fue un momento que para siempre quedará grabado en mi memoria y, en los malos momentos, me ha hecho recordar que yo siempre podré mejorar, que todo puede llegar a ser así de bueno.

Por ese momento, Lawliet, solo por ese momento, eres y serás una persona por la que siempre estaré ahí para ti. Me diste mucho y nunca lo olvidaré. Y si estás leyendo esto, por alguna extraña casualidad, sea cuando sea, pase el tiempo que pase, no importa, siempre estaré encantado de volver a hablar contigo y ayudarte si lo necesitaras.

Finalmente, cada uno de los dos volvió a su ciudad. Mantuvimos el contacto algún tiempo, pero no era lo mismo. Meses después, ella me llamó porque su relación acabó. Me propuso volver a vernos y yo, ya no en el principio sino en la madurez de mi relación con Cantnoy, rechacé. A día de hoy me pregunto de vez en cuando que podría haber pasado si llego a ir. Seguramente algo efímero.







Ayer, después de conocer durante menos de un mes a otra chica, comenzó mi segundo amor de una semana.

Ella, una chica con una mentalidad espectacular, con todos los atributos que yo necesito y quiero de una mujer, con los pequeños defectos y vicios -y los no-vicios- que yo tengo y casualmente ella también tenía. Ella, una chica con la que sé que me hubiera sentido satisfecho, pese a lo poco que la conocía. También conecté con ella muy rápido en muy poco tiempo. Compartimos muchas conversaciones, experiencias y expectativas. Todo marchaba bien, muy bien, era el principio de algo que podría ser muy bueno y durase mucho tiempo.

Pero esta vez no fue la distancia ni terceras personas lo que puso el fin. Fui yo. Y es algo que me reprocho mucho, que me castigo por ello, me apesadumbro. Porque ella confió mucho en mi, porque le pedí su confianza, su corazón y su cuerpo. Ella me lo dio y yo, al tenerlo todo me asusté. De un día para otro, sin sentido aún para mí, de estar muy feliz por ella, con ella, me sentí inundado de angustia, nervios e inseguridad. No quería algo con ella. Mejor hablo en presente. No quiero algo con ella, me abruma, me agobia mucho tener algo tan serio ahora. Estaba convencido de que sí, que podía y quería eso. Ella me dejó claro que si solo quería sexo lo tendría, que no jugara con sus sentimientos. Pero fue conocerla, ver quien es ella y como es, y quise más, le quise a ella. Creo que la llegué a querer y, como ya sabía, fue diferente, diferente a como he querido a cualquier otra persona. Siempre se quiere diferente a cada persona.

Y ya, cuando había visto todo lo que podía tener, comencé a sentir la angustia. No pensé en nada, fue todo a nivel subconsciente. El desasosiego me invadía porque no entendía porqué me sentía así, era completamente contrario a como creía que me sentiría. Decidí que mejor dormir y a la mañana siguiente lo vería todo mejor. No fue así, estaba peor. Ni siquiera mi mayor aliado para desconectar del mundo real -los videojuegos- ni ellos sirvieron para disminuir esa inseguridad y malestar. Tras una conversación con, ahora mi gran amiga, Cantnoy, pude poner orden y nombre a lo que sentía. No quiero algo con ella, pero ella es importante para mí, no sabía qué hacer.

Voy por la tarde a clase, con la esperanza de desconectar ateniendo en clase. Vi a mi ex y mi cabeza metió algo más para su batido de mierda. Cuando vi que ella llevaba puesta una sudadera de un chico que intentó algo con ella, pienso que quizás hubiera hecho algo con él. Y mi cabeza explota. Pienso que eso en ese momento no debería importarme, pero ahora sé que en aquel momento cualquier estupidez me afectaba. Tras una hora, no soporto estar más en clase y me salgo.

Doy una vuelta decidiendo qué hacer. Me siento en un banco. Llamada de móvil, hablo con ella y le explico lo que siento. Pese a la distancia casi puedo tocar su decepción, la he roto por completo. Haciendo uso de su gran madurez, me agradece que haya sido sincero con ella y se lo haya dicho. Me dice que es el fin, yo no lucho por disuadirla ya que no sé qué quiero. Nos deseamos suerte. Y se acabó. La chica que había ocupado mis pensamientos todo un mes, y mis sentimientos toda una semana, dándome tanto en tan poco tiempo, en menos de diez minutos de conversación todo se acaba.

Es para volverse loco.

Observo el banco en el que estoy sentado y es el mismo en el que corté por primera vez con mi ex.

Me vuelvo loco.

Sigo sin saber seguro cómo interpretar esto. La conclusión más firme que saco es que éste no era el momento. En mi otro amor de una semana tampoco era el momento. Eso es lo que tienen en común los amores de una semana, que no es el momento para que se conviertan en relaciones de verdad. Aunque a diferencia del primero, este último sé que a día de hoy podría hacer algo para solucionarlo, para cambiarlo. Sé que si la llamara, si hablara con ella, podría volver a pasar algo entre ella y yo. No lo hago, y es porque no sé si eso es lo que quiero.

Necesito tiempo para mí, tiempo para estabilizar lo que siento, lo que tengo y lo que quiero. Quiero recuperar mi rutina de estudio, que desde el reintento con mi ex dejé de estudiar y a día de hoy sigo sin estudiar; y paso de seguir suspendiendo. Quiero recuperar mi rutina de hacer deporte, ir al gimnasio y salir a correr. Y sobretodo quiero saber qué quiero para mí en una relación.

Eso me angustia, porque ella tenía todo o casi todo lo que creo que quiero en una pareja, y no funcionó. Ahora recuerdo aquella frase que me dijo la pareja del curso, que puse en mi anterior entrada, de que con las anteriores relaciones lo que descubres es más lo que NO quieres en una pareja. ¿Qué he descubierto con este segundo amor de una semana? Nada que yo quiera, más bien reafirmar lo que quiero. Pero sí he descubierto que no quiero inseguridad, no quiero complejos ni dudas. No al menos demasiadas, porque siempre habrán, pero que no sea algo determinante.

Yo que creía que este inicio de curso iba a ser muy tranquilo, y resulta que no paran de ocurrir cosas. Creo que me esforzaré ahora por darme una tregua y centrarme en mí y en mis estudios. Espero que salga bien.

Mientras tanto, añado a mi lista de melancolías una nueva historia de amor, mi segundo amor de una semana. Una historia que es posible que no se haya acabado, puede que tenga segunda parte, aunque no lo creo; en esto de las relaciones cuando algo se rompe demasiado pegar los trozos rotos puede ser una tarea muy difícil.

Qué curioso, he hablado de mi primera historia con mucha nostalgia y cariño, pese a lo pasado que es, y en la actual con mucho dolor y pesar, pese a que esta historia es mucho más rica que la primera. Serán las emociones de ahora, que me inundan al pesimismo. Quizás en un futuro escriba con mucho cariño y nostalgia la historia de como, seis otoños atrás, conocí en un curso a una chica que tiempo después se convirtió en mi segundo amor de una semana.

Pese a los malos momentos y sufrir la pérdida de lo que pudo ser, estoy satisfecho de haber tenido estos amores de una semana. Ya que, como toda historia de amor, me ha hecho mejor persona y me ha recordado que el amor es lo más importante que necesito y quiero en mi vida.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Un nuevo mañana

Mi mayor miedo siempre ha sido quedarme solo. Estar rodeado de vacío, oscuridad y frío. Sin escapatoria, sin nadie, solo.

Desde nuestra despedida, lo que más he temido es no encontrar a nadie, a alguien que merezca tanto la pena como tú. Haber tocado techo contigo. Estar demasiado tiempo solo como para volverme loco. No haberme esforzado lo suficiente por lo que mejor tendría en toda mi vida.

En el curso tuve una experiencia vital, de esas que no olvidas nunca y la cuentas siempre como referente en tu vida, como algo que te marcó. Conocí a una pareja, él tenía 43 años y ella 38. Llevaban poco más de un año juntos. Se les veía muy bien. Tras muchos días comiendo con ellos y tomando confianza, algo fácil en un ambiente social como el que había, me atreví a preguntarles sobre ellos como pareja, sobre mi temor. No recuerdo la pregunta exacta, fue que cómo llevaban ellos su relación, en relación a su edad, tantas experiencias pasadas y demás cosas. Se les veía seguros, satisfechos con lo que tenían. Me dijeron que después de tantas relaciones aprendes, no tanto lo que quieres, sino sobretodo qué no quieres en una relación. Eso me dejó muy pensativo, ya que yo te dejé precisamente por eso, por lo que no quería en nuestra relación. Para mí fue muy reconfortante ver que, personas con tanta experiencia y vida atrás, tuvieran claro ese concepto para sus relaciones de "lo que no quiero", y que yo, un simple crío comparado con ellos, dejara mi relación por eso mismo.

Otro de los mensajes que me dijeron es: hay tiempo. Mi miedo por estar mucho tiempo solo también cuenta. Pero a ellos se les veía tan bien, que me quedé convencido que me merecería la pena esperar a alguien, no mejor, es inmaduro pensar en mejor o peor, sino alguien que no tuviera ninguna de las cosas que sé claro que no quiero tener en mi relación. En ese curso también conocí gente de muchas edades, solteros, divorciados, viudos... Y a muchos se les veía abiertos a tener una relación. Yo, un yogurín de 23 años vi que tengo toda una vida por delante de encuentros, relaciones y enamoramientos por vivir. No hay motivo para desesperarme.

Lo que nunca entraría en ninguno de mis planes es lo que está sucediendo ahora: estoy conociendo a otra persona. Ya. Tan pronto. Increíble para mí. La conozco poco, pero es alguien que me ha devuelto la ilusión, la juventud y las ganas de moverme. Si te estás leyendo esto, lo siento. Tú ya te tomaste tu oportunidad con otra persona. No me juzgues ahora porque lo haga yo.

Para mí lo más satisfactorio es que conocí a esa persona el jueves, en el curso. Justo un día después de darte mi adiós definitivo. Si existe un destino o un karma estoy seguro que me está intentando hacer ver que cerrar definitivamente nuestra historia en ese momento fue lo mejor, y no dejarlo y alargarlo más, que hubiera podido, que hubiera sido mucho más fácil que decirte adiós. Tomé la decisión que creía que era mejor para mí y ahora veo que acerté, que no tenía motivos para tener los temores de soledad. Mucho más pronto de lo que esperaba, lo sé.

¿Ella? Bueno, ella tiene más que cualquier expectativa que pudiera tener. La conozco poco, sobretodo poco tiempo. Estoy sintiendo cosas que ni ella sabe que siento. No lo mismo que por ti, nunca será lo mismo, siempre diferente. Pero hasta ahora todo lo que he visto de ella me hace creer que puede acabar en algo muy bueno. Eso es probablemente lo más increíble de todo para mí. Cómo es ella.

Un día después de cerrar lo nuestro. Me preguntaba a mí mismo si no era excesivamente pronto. Si no debía de tener un duelo por ti antes. Si no debía sufrir más intensamente la pérdida. El hecho es que no, y sé por qué: el duelo lo sufrí en verano, fue duro, muy duro y desesperante, pero acabé aceptándolo. De hecho, si no hubiera aceptado en verano que tú y yo no podíamos estar juntos, aquel día no podría haberte dejado definitivamente. Lo que sentí tras dejarte en la puerta de tu casa fue mucha pena. Pena de ver que, pese a todos los esfuerzos, pese a todos los intentos, no podía ser, yo no quería que fuese y tú estabas destrozada por ello. Yo ya te perdí, cuando empezaste con él, lo sabes, no sé cuantas veces lo llegué a decir. Mi duelo fue en verano. Ahora estaba preparado para algo nuevo.

Un día después de cerrar lo nuestro. También de psicología, también de tu pueblo. Mucha similitud entre ella y yo en la forma de concebir una relación y la vida en sí misma. Muchísimas casualidades, demasiadas. El azar no existe, llamamos azar a lo que no sabemos cómo explicar. Sin duda esto significa algo.

Tú todavía ocupas mis pensamientos. Hay noches en las que te hecho de menos en exceso, en las que te ansío. Ocasiones en las que me encantaría sentarme al lado tuyo en clase, saber cómo estas. Cuidarte. Pero sé que eso no conduciría a nada, solo a más confusión para ti y para mí, ya que mis ideas las tengo claras y esos momentos son momentos de debilidad porque tú todavía me importas mucho. Además, sé que se me acaban pasando esos impulsos, y luego me siento satisfecho de no haber abierto la caja de pandora. Por suerte cada semana son menos veces, empeora cuando te veo, pero cada vez va a menos. Y conocerla a ella sé que me ayuda. No sé hasta qué punto fue decisiva ella para que el miércoles te dijera que no a cenar, pero dado lo poco que la conozco todavía estoy muy seguro de que solo ayudó: la decisión hubiera sido la misma.

No me estoy precipitando, la conozco poco. No tengo prisa. Esta es mi oportunidad y voy a aprovecharla, tú ya tuviste la tuya. Si me odias lo entenderé, pero por favor, no busques hacerme daño. Te deseo realmente lo mejor a ti, lo sabes. Yo lucho ahora por lo mismo para mí. Lucho por un nuevo mañana.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Parada del tranvía

Bendita locura ésta la mía.
Que me hace quererte, desearte,
tenerte a mi lado; besarte.

Bendito irraciocinio.
Donde todo está bien,
donde podemos estar juntos.
Luego llega la razón y cual globo de helio deshinchado, bajo del cielo al suelo.

Preciosa. ¡Dios! Tu carita, tu cuerpo, tu pelo.
Esas increíbles piernas que tan pícaramente rodeas con tu ropa.
Me doy cuenta, que lo haces en parte por mí.
Y me gusta.

Maldita.
Me gusta que sigas provocándome, pese a lo difícil que es,
a lo lejos que estamos.
Esa risa tuya pícara la veo en mi mente.

Pero después, también veo tu no-sonrisa.
Tu expresión seria, ojos vidriosos cuando me miras.
O cuando me has visto.
Lo sé.
Y sabes que lo sé.
Y también sé muy bien cómo te sientes.
Desesperación, desolación, sin-razón, incomprensión.
Suspiro.

Bendita locura la mía por mis estúpidos y anhelados sueños.
Viaje. Ciudad lejana. Meses después, corazones no tan rotos.
En un local, agradable ambiente. Suena una canción que nos inspira a ambos.
Las miradas se cruzan. Camino hacia ti. Tú te sientes nerviosa, insegura, pero deseosa de que pase algo.
Mi mirada afable, mi sonrisa tranquila, y cómplice contigo.
Te cojo de la cintura.
Tus ojos, ¡oh, tus ojos! Me dicen que eres mía, disfrutas de rendirte a mí, consternada pero complacida.

Un beso. O varios tal vez, no lo sé.
La imagen se desvanece.
Vuelvo a estar aquí plantado, en esta silla, solo frente al ordenador.
Y sé que en tu casa estás pensando ahora en mí. Yo te estoy escribiendo esto.

Ilusiones falsas, esperanzas vagas.
Culpabilidad de que en días como hoy me sienta especialmente débil por ti.
Que, estando a cinco minutos de la puerta de tu casa no dejase de plantearme llamarte, preguntarte un "¿cómo estas?", dudar mucho, mucho en si hacerlo o no, hasta tal punto de pararme en mitad de la calle para decidirme.
Tomo el otro camino.
Llegando a la parada de tranvía recuerdo que es muy posible que salieras de clase en ese momento y que, si esperaba el tranvía de vuelta a tu casa te vería bajar de él. Me puse la tregua, me permití, que si bajabas en el siguiente tranvía te hablaría.
"¿Cómo estas?"
Solo en imaginar tu cara, tus ojos, merecía la pena.
Esperar solo un tranvía era poco. Me dije que podía esperar hasta dos.
Estaba decidido.
Dudé.
Llegué a la parada del tranvía. Quedaban menos minutos para que viniese mi tranvía que el tuyo.
¡Maldita sea! Me dio rabia. Aún sin saber si podrías estar en ese tranvía o no. Seguramente no.
O puede que sí.
Objetivamente diría que poco probable, pero para mí, en ese momento era muy seguro.
Llega mi tranvía. ¿Lo cojo o no lo cojo? Lo cojí. Porque sino esperaría al primer tranvía, al segundo tranvía y, seguramente, cuando no llegara ninguno de los dos iría a tu casa.
En ese momento era algo más fuerte. Y lo más importante: la puerta de mi tranvía estaba abierta, era más fácil entrar y que acabara todo.
Y acabó.
No.
En las siguientes paradas veía cuanto faltaba para que pasase tu tranvía. Seis minutos. Tres minutos.
Falta poco, debo estar mirando todo el rato por si pasa tu tranvía y si desde el mío podría verte.
Me bajaría en la siguiente parada e iría a verte.
Doce minutos. ¿Cuándo ha pasado tu tranvía que no me di cuenta?
En fin, qué más da, seguramente no estuvieras en ese tranvía.
O sí, porque es los miércoles cuando terminas el seminario a las nueve. Y tu cogerías el tranvía que sale allí a las y diez o las y veinte. Mi primer o segundo tranvía que pensaba esperar.
O no tenías seminario ese día. O no bajabas en plaza circular sino en la siguiente. O irías acompañada de alguien. De un indeseable tal vez.
O podríamos habernos visto.

Todo ese tiempo estuve pensando en proponerte tomar ese kebbp que hace dos miércoles nos íbamos a tomar. "Te lo debía", pensaba decirte. Pero eso ahora ¿por qué, acaso estoy loco?
Sí, lo sabes.
Por ti.
Maldita tú por ponerte el martes frente a mí. Me provocaste, volviste de lleno al epicentro de mis pensamientos para quedarte.

Bajo del tranvía.
Con ganas de kebab, me fui al restaurante chino a pedirme un rollito.
Estaba muy bueno.
Pero se acabó, y no era el kebab que iba a tomar contigo.
Así que te escribo esto.

Ahora que lo pienso, el próximo miércoles volverá a pasar lo mismo. Sobre las nueve estaré cerca de allí.
Solo espero que leas o que no leas esto para que provoques vernos.
Dios mio, mejor no pienso en ello, sino sé que algún día, solo por pensar en que puedo verte, acabaré yendo a verte.

Ahora recuerdo. Cuando estaba esperando mi tranvía o tu tranvía, al final cogí el mio porque pensé que lo que más me apetecía hacer en cuanto te viera era besarte. Pero besarte como solo tú y yo, secretamente, íntimamente, sabes que hacemos.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Sentimientos contrarios

Desde que hablé contigo, estoy inundado de sentimientos opuestos.

Una parte de mí te quería a ti, pero la otra te odiaba o esperaba lo peor de ti.

Quería que te mostraras fría conmigo, me encantó ver que te alegraras de verme.
Quería que tuvieras prisa por irte, pero ninguno quería separarse del otro en ese momento por nada del mundo.
Quería que estuvieras seria, me enamoró que no pudieras reprimir ni una sonrisa.
Quería que no quisieras tocarme, me alegré enormemente que seas tan pegajosa como siempre.

Quería tenerte bien lejos, pero realmente quería que me abrazaras.
Quería morderte, apretarte, estrujarte; pero tenía que esforzarme por aguantarme.
Quería no derretirme bajo tu dulce dulce mirada. Dios mío esos ojitos, no los recordaba. No podía evitar estar emocionado todo el tiempo.
Quería que me besaras, un beso tierno, dulce; un beso apasionado, con rabia, exigiéndome que yo soy tuyo. No podía permitir que me besaras.

Quería, sobre todas las cosas, para mi vergüenza, para mi ahora orgullo pisado, que no hubieras hecho nada. Quería, para no caer ante ti y rogarte una noche más, que hubieras hecho lo que hiciste.
Dolor y alivio.
Deseo y serenidad.
Sentimientos contrarios que desde que hablé contigo me están volviendo loco.

Yo frente a un espejo, ahora soy dos. Uno de mis yo comprende que todo había acabado, que los sentimientos se habían apaciguado y calmado, que todo el dolor pasado había dejado lo nuestro roto. El otro de mis yo te desea, un beso más, una noche más durmiendo juntos y abrazándote por detrás; un polvo, follarte, violarte, hacerte el amor, todos uno a uno y al mismo tiempo, una última vez y muchísimas veces. Frente al espejo hay dos yo, opuestos, coherentes cada uno con sus sentimientos. La realidad es que me separo del espejo y esos dos se unen en uno solo, en mí, y me vuelven loco.

Quiero y odio sentir todo esto. Quiero volver a sentir la pasión de amarte, no quiero amarte y seguir con mi camino hacia adelante.

Ahora sí que mi corazón está dividido en dos. Dos opuestos. Dos locos que me dicen que quiero y no quiero sentir la misma cosa al mismo tiempo. El consuelo insatisfactorio que me queda es lo que me dice la razón: es mejor así. Pero importa poco, quien late es mi corazón, y ahora él quiere y no quiere morder tu labio inferior. Y la estúpida razón está dándome palmaditas en la espalda, diciéndome que he hecho lo mejor para mí.

Me conformaré con verte, a lo lejos, no importa. Algo íntimo y secreto, algo que solo sé yo que ocurre. Algo que permite que las cosas sigan su curso. Pero al fin y al cabo es algo que, por estúpido que parezca, me hará poder disfrutar de ti un poco más.

sábado, 14 de septiembre de 2013

La ciudad

He vuelto a la cuidad, hoy. Mis padres me han traído, junto con toda mi ropa, apuntes, guitarra, portátil y demás equipaje. Cuando hemos llegado, les he enseñado la que será mi casa por un año. Es un piso bastante grande, además mi habitación es de las más grandes, así que estoy satisfecho. Cuando me he despedido de mis padres, no ha habido ningún momento emotivo; tampoco lo he echado en falta, ya que en una semana los volveré a ver. Lo que sí merece la pena destacar es el aviso de mi madre: "Ten mucho cuidado, hijo. "Ten cuidado con las armas de mujer". Me ha hecho muchísima gracia. Sonriendo, le contesto a mi madre que no debe de qué preocuparse. Para mis adentros me digo que yo también tengo mis propias armas, que son los aceros fríos que una vez me atravesaron.

Pero dejando atrás todo esto, lo que me ha devuelto otra vez a crear una entrada ha sido después. Tras limpiar mi nueva habitación y colocar casi todo el equipaje, he decidido seguir con mi rutina de salir a correr. Me visto con ropa deportiva, hago unos ejercicios de calentamiento y me lanzo a la calle, sin saber bien donde ir.

Es ahí, justo ahí cuando noto esa sensación. Soledad, abandono, desasosiego, sentir que estaba solo en aquel rincón del mundo y nadie esperaría a que volviese a casa, no habría nadie en casa esperando, que a nadie le importaba. Fue una vívida evocación de los sentimientos que tenía en aquella ciudad, hace tres meses, antes de llegar a mi pueblo.

Identifico rápidamente que es solo el recuerdo. El presente es bien distinto. Pero en el pasado me sentía así. Me sentía solo por dentro, pese a convencerme a mí mismo de que no lo estaba. Sabía que las personas con las que vivía no les importaba casi nada, o no lo demostraban. Y tenía una relación altamente nociva para mí, que me quitaba gran parte de lo que era yo y me importaba. Lo peor de todo eso: era mi situación normal.

Este verano, de vuelta en casa, de vuelta con mis amigos de toda la vida, sané todas las heridas. Mis padres estaban esperando ahí. Cuando salía a correr me llevaba el móvil porque ellos me lo pedían, por si me pasaba algo al salir a correr a la sierra solo. Se preocupaban por mí. Mis amigos me animaron a hacer cosas con mi vida, a salir, a hacer ejercicio, a divertirme, a relacionarme. Y mis ganas por mejorar utilizó como motivación todo lo anterior para coger más fuerzas que nunca. Es más, por primera vez la motivación se convirtió en hechos: estaba haciendo lo que realmente quería y me hacía sentir satisfecho.

En este nuevo piso seguirá siendo así, viviré con mis amigos, los cuales sé que tendré para hablarles, abrazarles y llorarles siempre que lo necesite, que se alegrarán que me acerque a ellos para eso. Y lo más importante es que ellos harán lo mismo conmigo, me buscarán para apoyarse, para animarse en las bajas, para disfrutar en las buenas y la vida diaria; disfrutarán estando conmigo.

Además, fruto del gran progreso de estos tres meses, no solo mis amigos sino mi vida misma está mucho mejor encarrilada. Hago deporte, algo importantísimo que me ha cambiado mucho: mejor humor, mejor estado de forma, la consecuente mejora de autoconfianza, etc. Mis vicios van a dejar de ser un problema, sobretodo porque ya no los necesito para evadirme de todo lo mal que estaba antes. Y en general la mejora de mi estado de ánimo real, no el que me gustaría o el que me propongo, sino el que realmente hay.

Realmente no quiero volver a sentirme más como hoy, esa sensación. Mejor dicho, la que he recordado hoy. Por fin siento que tengo unos buenos pilares sólidos sobre los que construir la vida tal y como la deseo.

jueves, 29 de agosto de 2013

La lluvia por el sol

Hoy me he dado cuenta de varias cosas. Hoy he visto una película con mis amigos. Mientras la veía, fue cuando me di cuenta de una cosa. No porque tuviera que ver relación con la película, para nada. Fue de esos momentos en los que uno piensa inconscientemente durante mucho tiempo, y solo te das cuenta de que estabas pensando largo tiempo cuando viene a tu mente el "eureka", la conclusión de ese pensamiento.

Y es sobre mi próxima relación. Revisando mis anteriores relaciones, y muchísimas de las de personas que me rodean, he visto que muchas parejas comienzan porque la situación de ambos es muy propicia. Generalmente uno de ellos está desde hace tiempo esperando la oportunidad, en letargo, buscando pasivamente una relación; este rol lo he visto más en los chicos. En las chicas he visto más otro rol, de estar dolido, destrozado por dentro por algo, principalmente la anterior relación. El primero, deseando contacto con alguien muestra mucho interés por el segundo, el cual por la mera necesidad de sentirse mejor se deja querer. Así, surge un nexo entre esas dos personas que con el tiempo se hará más fuerte, las personas se conocerán más y más finalmente acaba en relación.

De hecho todas mis relaciones comenzaron así, hasta las que viví en mi pubertad y adolescencia, que realmente no fueron relaciones. Además yo cumpliendo el rol de buscador pasivo. Seguramente muchos de vosotros ya os habíais dado cuenta de esto, pero yo hoy es cuando he alcanzado a verlo con mayor detalle. Antes lo veía todo más basto y sucio, con muchas atribuciones y connotaciones negativas; como que el chico era un desesperado que aprovechaba la ocasión para pillar, y que la chica era demasiado frágil para superar la anterior pérdida sola y sin apoyo. Ahora sé que todo eso es mucho más complejo y lleno de matices.

Pues bien, a lo que me venía a referir al principio sobre que me he dado cuenta de una cosa no es a esto, sino derivado de esto. Me he dado cuenta que para mi próxima relación de pareja quiero algo más que eso que he vivido siempre. No quiero ser el oportunista que se encuentra en el momento adecuado con la chica condolida. Quiero algo mucho más sólido que eso, fuerte, fantástico, casi de película o de cuento de princesas. Lo que quiero es estar convencido de que esa chica a la que voy a besar, amar y darle mi vida ocupe ese lugar en mí por el propio valor de ella, porque sea única para mí, (casi) perfecta, la famosa media naranja. Estar convencido de que solo ella podría ser quien ocupa ese lugar, por como es, y sobretodo por quién es.

Tendría que ser algo mutuo, claro está. Que yo supusiera todas esas cosas para ella también. No quiero a alguien que necesite tener pareja, quiero a alguien que esté bien consigo mismo, con su vida, satisfecha con su día a día (al menos en gran parte). Y que el hecho de estar conmigo sea el complemento perfecto, que añade a su vida cosas, no que sustrae o rellena. Para ello, yo también debo estar en la misma situación y, he de reconocer, que no lo estoy. Aunque este verano me ha ayudado muchísimo, voy por muy buen camino para conseguirlo, después de tanto tiempo ansiándolo: estar muy bien conmigo mismo.

Quizás sea demasiado idílico todo esto que estoy escribiendo. Quizás no sea posible. O sencillamente mañana, pasado, el mes que viene o dentro de unos años cuando me sienta muy solitario abandone esta expectativa por la necesidad de tener a alguien que me quiera. No lo sé. Lo que sí sé es que hoy estoy convencido de ello y estoy haciendo lo necesario para acercarme a eso.


La otra cosa que me he dado cuenta hoy es la que da nombre a la entrada. Hoy me he dado cuenta de que he cambiado la lluvia por el sol. Literalmente. Y no literalmente también.

Desde hace tres días el tiempo está muy nublado en mi pueblo, chispeando un poco de vez en cuando, lo suficiente para fastidiar mi rutina diaria de salir a correr y montar en bici con mis amigos. Hoy especialmente ha llovido mucho. Pues bien, yo siempre he sido de los que amaban la lluvia, su sonido al caer, el olor a humedad, la luz tenue que deja pasar las nubes y el tacto de la lluvia. Cuando era más fuerte el vendaval, he salido al porche de mi casa y me he quedado un buen rato contemplándola. Me gustaba, la disfrutaba, pero no la disfrutaba como lo hacía antes. No se trata de disfrutarla más o menos, sino diferente. Sentía como por dentro me apagaba, cómo conectaba con mi tristeza, mi pena interna. Mi yo de antes anhelaría esa situación, me regodearía en mi melancolía y tristeza. Pero hoy no. Pese a que disfrutaba de la lluvia, no quería que lloviese, no quería que el cielo estuviese nublado, que el suelo estuviera mojado y encharcado que impidiera que saliera a hacer deporte, no quería humedad sino el calor de los pocos días de verano que quedan. Quería el Sol, poder salir a correr, montar en bici, quedar tranquilamente con mis amigos, tener tanto calor que pudiera disfrutar de un refrescante baño en la piscina. Ahora prefiero el Sol a la lluvia. Prefiero sentirme bien, moverme y vivir a quedarme parado, pasivo y melancólico. Realmente he cambiado la lluvia por el Sol. Eso sí que no lo esperaba. Sin duda alguna este verano estoy experimentando más cambios a mejor de los que esperaba. Tengo curiosidad de como actuaré cuando empiece el curso, donde muchos factores me empujarán de nuevo a la lluvia. Tengo curiosidad cuán tenaz se ha vuelto este cambio y cuán tenaz me he vuelto yo mismo.

Espero que mañana salga el Sol, bien fuerte y brille tanto que me deje ciego. Que haya Sol mañana, y pasado, y al otro, y al otro... Que llene de luz todos mis días.

viernes, 9 de agosto de 2013

Recuerdos

Como era de esperar, este verano me estoy acordando muchísimo de ti. Echo de menos tantas cosas... Algo tan simple como quedar contigo. De pronto los días son mucho más largos, tengo mucho más tiempo en que no sé qué hacer. Hablar contigo, dejar algún mensaje de vez en cuando y contestarte. Sobretodo vernos, cuando venías aquí en verano o iba yo a visitarte. Qué bien me lo pasaba. Dando una vuelta, charlando, tomando un helado, disfrutando de estar contigo; echarnos una wii, algún juego de mesa.

Pero lo que más echo de menos sin duda es dormir contigo. Tenerte cerca, sentirte, abrazarte, dar y recibir cariño. Eso era increíble. Y el cariño se ha vuelto un desconocido de nuevo. Porque los amigos te dan cariño, pero es otro tipo de cariño muy distinto al que tú me dabas, no mejor ni peor, ni que importe uno más que el otro, sino que necesito los dos. Has dejado un enorme hueco.

Este tiempo me he esforzado por estar ocupado la mayor parte del tiempo. Apuntarme al gimnasio me ha ayudado muchísimo, fue el principio de establecerme una rutina y hacer algo por mí y para mí mismo. La verdad, me está viniendo increíblemente bien; no lo había pensado hasta ahora, miro atrás y me siento hoy día mucho mejor. Bienestar físico como hacía mucho tiempo que no tenía, y el consecuente bienestar mental. Me esfuerzo por alimentarme mejor; el horario de sueño lo he estabilizado por fin de nuevo. Estoy contento en ese aspecto. Cuando comience el curso pienso seguir en el gimnasio de la universidad.

Luego, quedo todas las noches con mis amigos, recuperando el ambiente de estar en un grupo de gente y hablar mucho, estar cómodo, algo que echaba mucho en falta ya que en Murcia no lo tenía.

En fin, el motivo de esta entrada viene porque el fin de semana pasado fui de fin de semana a Mazarrón con casi todos mis amigos. Estuvimos en una casa al lado de la playa y puedes imaginarte cómo fue. Lo relevante de todo esto es que la gran mayoría del tiempo que estuve allí me invadió, como nunca antes en todo el verano, una sensación de nostalgia y añoranza por ti.

Ver el mar... Dios mío, cómo me gusta el mar. Perderme mirando los metros y metros de agua hasta la linea horizonte, y dejarme perder en el paisaje de cielo y mar fundidos. Muy íntimo. Muy personal.

Imaginé como habría sido estar contigo ahí, en el mar. Mirando el mar de noche. Dando un paseo por la orilla del mar. Bañarnos dentro del mar y besarte. El último día di un paseo a solas por la orilla de la playa; acabé encontrando una pequeña sección de la misma que estaba ligeramente separada de la principal por unas rocas, y aparte de andando se podía llegar nadando. Pues bien, me imaginé entrando a esa mini playa contigo nadando, sonriendo (todos mis recuerdos y añoranzas contigo son sonriendo mucho ambos), y al llegar nadando a la orilla, tumbarnos en la arena y yo sobre ti besarte. Un beso largo.

Todo comenzó el primer día que llegué a la playa. Viernes por la noche. Era la primera vez que veía el mar en todo el año; además, la última vez que vi el mar fue contigo. En esto de dar una vuelta acabamos pasando por el paseo del mar. Al detenernos en un banco no pude evitar entrar a la playa, no me importó la arena. Y cuando estuve lo más próximo posible a la orilla, me quedé contemplando la belleza del mar, su inmensidad. Y de lo bonito que sería estar viendo eso contigo.

Desde entonces cada pequeño detalle, comida, dormir, jugar, tema de conversación...; inconscientemente me acordaba de ti, a veces sobre recuerdos nuestros, sobretodo sobre como sería eso contigo. Fue lo que estaba ocurriéndome este verano pero ampliado demasiado como para no darme cuenta. Acabó llenándome de mucha melancolía.

Estoy triste, porque sé que esas imágenes tan perfectas, de amor, ese tú y yo, nosotros, solo son recuerdos, añoranzas, nostalgia. Algo que solo existe en mi cabeza, como si la imagen idílica de ti y de mí siguen amándose, siendo uno parte del otro, dándolo todo.

Pero la realidad es más cruda, como siempre. Sé que eso no es posible ni lo será. Ni me esforzaré que sea. Es más, evitaré que pueda darse. Lo nuestro es pasado, recuerdos. Y ya me ha costado demasiado seguir adelante con algo que no podía caminar. Estuve realmente mal y las repercusiones fueron gravísimas. Estuvimos dándole alimento y oxígeno a un cuerpo que desde hace mucho tiempo estaba muerto. Lo nuestro estaba roto en pedazos que fuimos rompiendo a lo largo de mucho tiempo, y cuando cortamos lo que pasó después transformó esos pedazos rotos en añicos, polvo. Y del polvo no se puede reparar nada.

Ahora lo que quiero es seguir igual de bien que estoy ahora, que cuando comience el curso no se joda la buena rutina que tengo y seguir mejorándome a mí mismo, que es mi gran objetivo desde siempre.

Pese a todo que sepas que, aunque yo esté con mi vida, no tengamos contacto y evite tenerlo, yo me acuerdo muchísimo de ti, y ese recuerdo está en lo más profundo de mi corazón, donde solo has llegado tú. Y será así durante mucho tiempo.

A veces, en los días más oscuros como hoy, me inunda la soledad y me tapa con su helado manto. Pero siempre me salva una cálida luz que me libera de todo mal, que es mi voluntad de seguir adelante.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La lista

Desde hace mucho tiempo, seguramente desde que tengo los 18 años, siempre he tenido el sentimiento de que no hacía lo que realmente quería en mi vida, que estaba perdiendo una grandísima ocasión. Perdía el tiempo de la peor forma posible: dejándolo pasar. El tiempo lo dedicaba a no hacer nada de lo que realmente quería, llenándolo de cosas sin importancia que me hacían olvidar y evitar mis verdaderos deseos. Y es que, esos deseos requieren esfuerzo, pero perder el tiempo es muy fácil.

Así llevo ya 5 años.

El pasado jueves, por motivo de mi cumpleaños pensé que iban a cambiar las cosas. Siempre me ha gustado inventar mis propios pensamientos mágicos: creer que un día me despertaré con poderes (más recurrente de lo que os imagináis), que soy otra persona, que tengo una grandísima inteligencia, que sé todo lo que se puede saber, y demás cosas. Sé que es completamente imposible que pase algo así, pero me gusta pensar en eso porque siento que entonces estaría feliz con mi vida.

Pues bien, el pensamiento mágico que desde hace ya unos años hasta el pasado jueves tenía es que el mejor año de mi vida sería éste, o al menos que mi vida mejoraría muchísimo. Y es que, siempre he tenido algún tipo de pensamiento mágico con el número 23, que son los años que tengo a día de hoy. Y sí, con esto sí que tengo algún tipo de creencia mágica real, pero con muchos matices, y no voy a hablar de eso ahora. 

Como era de esperar, no ha mejorado, sino que sigue empeorando porque sigo sin hacer lo que me gustaría. Estos años he estado salvando mi no-insatisfacción y orgullo personal estudiando lo mínimo y aprovechando mi gran suerte para aprobar, pero sin sacar notas que era el objetivo real. Así que tanto los estudios, como el resto de aspectos de mi vida, son una gran fuente de insatisfacción para mí.

Hoy, tras perder todo el día una vez más -otra de tantas, lo que en mi vida son la inmensa mayoría de días- he decidido hacer una lista. Con cuadros en modo esquema he puesto las cosas básicas de porqué hago lo que hago y qué quiero hacer, con flechas de los porqués y terminando en dos listas: una de las cosas que no me hacen sentir mejor, la otra de las cosas que realmente quiero hacer en mi vida. Ha sido una experiencia interesante, al principio pensaba que era algo triste hacer una lista de este tipo. Luego pensé que fracasaré con ella, como he hecho en el pasado con todos los horarios y listas de propósitos. Pero la gran diferencia está en que lo de antes era demasiado exigente y duro, porque era lo que sentía que debía hacer, una obligación. En esta lista, mucho antes de empezar a pensar en los propósitos, he puesto el por qué hacer esas cosas, que son las que realmente quiero hacer; y el por qué no hacer las que no me hacen sentir bien. No son propósitos realmente, sino el qué, el porqué y el cómo hacer lo que quiero hacer. Es dejar por escrito lo que mi mente piensa y sabe que, si hago lo que no me hace sentir bien, será un día desaprovechado; y si hago lo que realmente quiero hacer, será un día del que me sentiré orgulloso. Sin obligaciones, sin fechas, sin comienzo ni límite: es lo que yo quiero. Bueno, sí, hay un comienzo, en “Cómo hacerlo”, una de las cosas es “Empezando desde ya, siempre”.

Pero no hablaré más del contenido de la lista, es algo personal.

A ver qué resultados reales me da esta lista. Pero esta vez creo que funcionará.

viernes, 17 de mayo de 2013

No me gusta la soledad


Tras tanto tiempo en compañía, siento muy fuertemente la soledad. Realmente no ha sido mucho tiempo, pero cuando ese tiempo ha sido muy bueno se disfruta muchísimo. Más ahora, que no lo tengo, sí, lo típico de que valoras algo más que nunca cuando lo pierdes. Tanto calor, tantas sonrisas… Ahora no hay nada. Quizás sea eso lo que más duele, que no hay nada. No siento frío, ni temor, ni ganas de salir corriendo y recuperar lo perdido. No. Tampoco hay palabras llanas, sentimientos vacíos ni una obra de teatro aburrida que ver, en la que actuar o escuchar. De eso me alejé en su momento, y ahora hasta eso echo de menos. No. Ahora estoy vacío.

Hoy, en el autobús, ha sonado por la radio una canción que, por mucho que busco por internet no encuentro, y decía algo así: Después de conocerte, tocar el cielo me parece poco. Es eso, algo tan increíble como tocar el cielo con mis propias manos, ni eso sería comparable a lo que tenía.
No hay voces ni abrazos que llenen este hueco. Es ahora cuando me pregunto: ¿qué he estado haciendo todo este tiempo? Ni siquiera tengo algo que conmigo mismo me satisfaga. Una buena lectura, tal vez. Pero los sinsentidos con los que llenaba mí tiempo antes cada vez me llaman menos. Y hablando de los videojuegos, hace unos días me preocupé mucho por un amigo. Su pareja, su pareja es ahora como era yo antes. Consumido, dejado, arrastrado por esos sinsentidos. Hablo con mi amigo y, con temor a cumplir mi sospecha, lo que le ocurre es lo mismo que me ocurría a mí. Me fastidia mucho, me jode, porque sé lo que es estar ahí, en el mal lado, y comprendo perfectamente a quien está en el lado afectado. Lo entendía con tal certeza que lo sentía casi como si fuera mío. Pero fue entonces cuando comprendí que, tal grado de lucidez acerca del problema significaba que no volvería a pecar en ello jamás.

Pecar, qué palabra con connotaciones tan religiosas. Qué asco que sea así.

Sé que no volvería a repetir mis errores, qué narices, me apetece decir pecados. Sé que no volveré a repetir esos pecados, porque ahora entiendo que conllevan, y esa consecuencia no la quiero para mí.
Dios… Hay tantas cosas que sabría hacer ahora bien… Otro típico en mí, pensar en cómo sería el pasado con lo aprendido de hoy día. Por suerte y alivio, me queda ese regustillo con sabor muy amargo de que, pese a todo, ha sido mejor así, que acabara así, y que en definitiva acabara. Confesaré que, interiormente, veía algún fin. No como tú, lo siento, es muy injusto para ti, de veras lo siento, eso no cambia los grandes sentimientos que tengo hacia ti.

Sé que todo eso es por mi perpetua sensación de que no estaba haciendo las cosas bien con mi vida, conmigo mismo, insatisfacción conmigo. Ahora, sin duda alguna, creo que éste es el mejor momento para encargarse de eso. Y de veras lo estoy haciendo, no todo lo ideal que me gustaría, pero voy consiguiéndolo.
Últimamente he visto la frase de: Si tus sueños no te dan miedo es porque no son lo suficientemente grandes. Estoy TAN de acuerdo… Y a eso me dispongo. Cuando mejor me sentía en la vida conmigo mismo era cuando esos sueños eran enormes, y me creía capaz, sabía que podía hacerlos. Esa foto de aquella maravillosa semana de verano me lo recordó. No me lo recordó, me lo estampó contra la cara, me dio una bofetada de esas morales. Y entonces, recapitulando mis años posteriores, vi que lo que prometía ser un sueño se fue viendo truncado poco a poco, corrompiéndome poco a poco pero inexorablemente , hasta llegar a lo que soy hoy: un roto.

Pero lo sé, sé que voy a volver a ser ese, el que sueña. No el de antes, sino el de ahora con lo bueno del de antes; el de antes con lo aprendido del de ahora. Ni el de antes ni el de ahora, uno nuevo que no nacerá un día concreto, sino que un día me percataré que lo habré conseguido porque, hoy, está naciendo.
Estoy comenzando por las no-pequeñas cosas. Esas no-pequeñas victorias. (Pequeña… esa sí que es una palabra con impresionantes connotaciones para mí, tanto que me he quedado unos segundos pensando solo en esa palabra, sin escribir, sin respirar.) Me gustaría algún día quitarme por completo los sinsentidos. Sé que ahora mismo no lo haré, porque ni quiero, lo que sí quiero es hacer que dejen de ser sinsentidos, reducirlos, aplastarlos con las manos y, que cuando las abra, solo sea lo que son: diversión.
Las no-pequeñas cosas serán para mí grandes triunfos. Estoy deseando comenzarlas. Las menos agradables estoy ya con ellas y me está yendo mejor de lo que esperaba. No, esperaba no es la palabra correcta. Sería “mejor de lo que normalmente ha sido”. Sí, eso es.

Vaya, acabo de recordar el motivo de este texto. La soledad. Sí, ahora mismo creo que la noto más que en toda mi vida y me causa más dolor que nunca. Por el contrario, ambas cosas no me perturban como lo hicieron en un pasado pese a ser menor la gravedad. Por un lado, sí, más solo que nunca, pero sé bastante bien los motivos por los que he llegado aquí. Y sé también como salir más o menos airoso. Por el otro lado, más dolor que nunca, sí, pero estoy ya tan acostumbrado a él que no me perturba ni me quita el sueño, como ninguna cosa. Lo siento mío y lo acepto, creo, sé que lo necesito, para saber cuál es mi lugar en el mundo, en mi proyecto con para el mundo, y disfrutar lo bueno de verdad.

En fin, estoy bastante cansado ya. Tengo muchas cosas que decir pero tendrá que esperar.

Tenías razón, era cosa de elegir entre uno de dos. Y no te elegí a ti. Pero te equivocabas de dos. Esos dos éramos tú y yo. Ahora lo entiendo. Necesito que las cosas estén así. Necesito ser aquel que quiero ser. Entonces, ya hablaremos.

Echo mucho de menos tu calor. Mientras tanto, soledad.

martes, 16 de abril de 2013

Ojitos

- ¿Por qué lo hiciste?
- Debía hacerlo.
- Pero, ¡¿por qué?! ¿Realmente me querías?
- Te quería y te sigo queriendo. Eres la persona que más amor me ha dado nunca. Siempre tendrás un lugar único para ti dentro de mí.
- No quiero eso. Y lo sabes.

...

- ¿Por qué no luchaste? Yo no paré de esforzarme. Dime, ¡por qué no luchaste!
- ¡Sí luché! ¡Claro que luché! Soporté la carga de la culpa muchísimo tiempo. Luchaba por cambiar eso, luché por mejorar lo nuestro, por conservarlo, por hacer que te sintieras satisfecha, por hacerte feliz... No digas que no luché porque es lo que más hice. Mi lucha fue en silencio, dentro de mí, preguntándome porqué lo hacia mal para ti, qué podía hacer, qué no debía hacer; para buscar un equilibrio. Conseguí lo contrario, volverme loco. Pero seguía luchando. Tú solo viste los resultados más directos, cómo me mostraba contigo, pero dentro de mí siempre ha habido una batalla. Desde el primer error. Esa guerra ha terminado. Las pérdidas han sido muchas; el sufrimiento, agotador.

...

- Sigo sin entenderlo. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en este momento? Has tirado todo lo que he luchado por ti, ahora todo eso no ha servido de nada.
- Aquella tristeza de los últimos días se debía a que comprendí una realidad muy triste: siempre se nos quedaría eso enquistado. Clavado. Marcado. Nunca nada sería como al principio.
- ¡Porque no quisiste seguir esforzándote!
- ¡No! ¡Maldita sea! ¡No! ¿No lo entiendes? Es algo que siempre ha estado ahí, desde el principio, y pese a todo lo superado el dolor, el rencor, el odio seguía ahí.
- No, si hubieras esperado podríamos haberlo solucionado. Juntos.
- No lo creo. Tú creías que no podías cambiar ese sentimiento, que no podías hacer nada para remediarlo, solo taparlo. Desde que comenzó todo esperé que algún día terminase. Yo cambié, me ESFORCÉ por ti, y corregí mis errores. Pero tú seguías teniendo ese odio. Comprendías, comprendías que eso no era bueno, ni para mí ni para ti.
- Lo intenté todo, y lo sabes.
- Si lo intentaste todo más motivo me das para creer que no tenía solución. Estuve esperando mucho tiempo a que cambiaras eso. Comprendí que seguramente no iba a cambiar y, lo más importante, que si lo hacías lo harías por mí. Todos sabemos que una persona no puede esperar de su pareja que cambie algo de sí, que si realmente la ama ha de ser como a la persona que tiene delante, no a la que desearía tener. Y yo necesitaba que eso cambiase.

...

- ¿Te ha merecido la pena todo esto solo por ella?
- Nunca se ha tratado de ella. Siempre hemos sido tú y yo. El que acabara fue por mí. Y sé que tú después de un tiempo también estarás mejor así.
- Tú siempre has pensado solo en ti.
- Si realmente crees eso, es porque nunca me has conocido del todo.

...

- Y, ¿ahora qué? ¿No pretenderás que seamos amigos, como con ella? Sabes que a mí eso no me va.
- Pues me gustaría.
- Ja, ja. NO.
- Pues si con el tiempo cambias de opinión quiero que sepas que siempre me tendrás ahí, para todo lo que necesites, que tú siempre serás alguien muy importante para mí.
- Que te jodan, tío. Que te den por culo.

...

Pese a todo, ese no será el último recuerdo que tendrá de ella. Lo que siempre recordará será todo lo bueno que tuvieron. Ese enorme cariño, los abrazos, los besos, las caricias (dios, esas caricias por la espalda...), el amor, la enorme pasión que tenia, las ganas (tantas tantas tantas ganas le hacían feliz). La picaría, la osadía, su inteligencia, su particular y único sentido del humor; su capacidad para, pese a todo, razonar.

Y, ¡Dios!: Su piel, suave. Su cuerpo, curvado. Su entrega, única.

Pero sobre todas las cosas, lo que más echará de menos será su mirada. Su mirada de pequeña, arropada y de enamorada.

sábado, 16 de febrero de 2013

El anciano en el tranvía

Hace ya un tiempo, en un día de tantos que tomé el tranvía tuve como compañero de viaje a un anciano, mayor de 60 años pero no más de los 75. Me llamó la atención desde que lo vi entrar al tranvía con una bicicleta. Una bici que dejaba ver por el diseño y el desgaste que habría recorrido muchos kilómetros con el anciano. Colocó la bici contra la pared del tranvía, la ató y ocupó su plaza. Tras esos segundos en los que mi atención consideró al anciano, reanudé mi lectura.

Minutos después, en una parada suben al tranvía una madre de unos 35 años con su hija de 2 o tres años en carricoche. Ya desde que entraron, como es natural, la niña hablaba, molestaba a la madre y hacia ruido. La niña intentaba llamar la atención de la madre, pero ésta solo le pedia que se callase. Tras varios gritos, la madre la escuchó. Le pedía la bolsa con juguetes que traía la madre. Tras otros gritos de la niña, la madre le dio la bolsa de mal gusto, -Joder qué follón da la niña de los cojones- dijo. La niña ya con la bolsa de juguetes, trata de sacar uno, con la torpeza de tirar toda la bolsa y desparramar los numerosos juguetes en el suelo. Ya, con varios pasajeros viendo la escena la madre le gritó más a la niña hasta que ésta acabó llorando. Entonces, el anciano de cabello blanco y chaqueta de pana, se levantó de su asiento, tomó la bolsa y empezó a recoger los juguetes. Tras terminar la madre la tarea, la madre terminó de despotricar contra la niña, y el anciano sonrió a la niña.

Esa sonrisa me hizo sentir extraño y bien. Resultó para mi mente un momento mágico, enigmático. De pronto aprecié mucho a ese anciano, por su sencillez en su indumentaria y su bicicleta, por su motivación para montar en bici pese a su edad, por la buena voluntad y la tranquilidad con la que recogía los juguetes. Y por su sonrisa de apreciar la inocencia de un niño.

Deseé cuando yo sea anciano ser como él, alguien sencillo, que con una bicicleta y yo mismo me baste, que mi mente esté llena de buena voluntad y sin resentimientos, y que siempre tenga ganas de sonreír. Nunca deseé la sencillez o la bondad como cualidades para mi yo futuro, pero entonces entendí que esas cualidades me darían paz.

El anciano, que salía del tranvía abrochándose la chaqueta de pana y montando su bici, sin proponérselo, sin querer demostrar nada a nadie, sino siendo él mismo me dio una de esas lecciones de la vida, de esos momentos extraños, casi mágicos y reveladores en los que sientes que has aprendido algo muy valioso de la vida. Lo que en el mundo amarillo de Albert Espinosa sería conocer a uno de mis amarillos.

Cuando sea viejo, no estaría nada mal ser ese anciano.